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Ofensiva económica de EEUU contra Irán para reabrir el estrecho de Ormuz

Trump prepara un 'Día D' financiero contra Irán para cortar su financiamiento y forzar la reapertura del estratégico estrecho de Ormuz.

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Ofensiva económica de EEUU contra Irán para reabrir el estrecho de Ormuz

La administración de Donald Trump prepara una ofensiva económica de gran escala contra Irán con el objetivo de cortar las principales fuentes de financiamiento del régimen y generar condiciones para la reapertura del estrecho de Ormuz, uno de los pasos marítimos más estratégicos del mundo. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, será el encargado de anunciar las medidas.

El «Día D» económico de Trump contra Irán

La Casa Blanca definió la nueva ofensiva financiera contra Irán como un «Día D» económico, en referencia directa al histórico desembarco aliado en Normandía durante la Segunda Guerra Mundial. La comparación no es casual: la administración Trump busca marcar un punto de inflexión en su estrategia contra Teherán, apostando esta vez por el poder financiero en lugar de la fuerza militar. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, anticipó el alcance de las medidas a través de su cuenta oficial en la red social X, describiendo el inicio de una nueva etapa en la presión sobre el régimen iraní.

Bessent sostuvo que las acciones militares previas ya redujeron de manera significativa las capacidades estratégicas de Irán y que Washington ingresa ahora en lo que él mismo denominó «el juego final». Según el funcionario, el gobierno estadounidense utilizará «cada agencia, cada autoridad y cada acción» disponible para cortar el acceso del régimen a divisas y mercados internacionales. La ofensiva apunta especialmente al flujo de dinero que llega a Irán desde China, a través de empresas y cuentas bancarias vinculadas al comercio global.

Sanciones y aranceles: las herramientas de presión sobre Teherán

Entre las medidas que analiza el Departamento del Tesoro figura la posibilidad de imponer aranceles y sanciones a terceros países que mantengan determinados intercambios comerciales con Irán. El objetivo es elevar el costo de hacer negocios con Teherán hasta un punto en que resulte inviable para empresas y gobiernos de todo el mundo. Esta estrategia de presión secundaria ya fue utilizada en administraciones anteriores, pero la actual promete aplicarla con una intensidad sin precedentes.

La lógica detrás de la ofensiva es directa: si Irán pierde acceso a divisas y queda aislado de los mercados financieros internacionales, tendrá mayores dificultades para sostener su aparato militar y financiar las estructuras del régimen. Washington pretende así generar las condiciones para llevar nuevamente a Teherán a la mesa de negociaciones, con el estrecho de Ormuz como eje central del conflicto. El paso marítimo concentra una parte significativa del petróleo y el gas que salen del golfo Pérsico hacia los mercados mundiales, lo que convierte su control en una palanca de enorme poder geopolítico.

Ormuz, el objetivo estratégico en el centro del conflicto

La reapertura del estrecho de Ormuz es uno de los principales objetivos declarados de la estrategia estadounidense. Desde que la Guardia Revolucionaria iraní tomó el control del tránsito marítimo en esa zona, los mercados energéticos globales sufrieron un fuerte impacto, con consecuencias directas sobre el precio internacional del petróleo. Esto generó presión política interna sobre la administración Trump, que enfrenta críticas por el encarecimiento de los combustibles dentro de Estados Unidos.

Por ese motivo, el presidente estadounidense habría optado por privilegiar la presión económica antes que lanzar una nueva operación militar para recuperar el control del paso marítimo. La apuesta consiste en debilitar financieramente a Teherán hasta forzar una nueva ronda de negociaciones indirectas. Sin embargo, el régimen iraní dejó en claro que no negociará mientras continúe el bloqueo sobre Ormuz y se mantenga la presión económica de Washington, lo que deja abierta la posibilidad de una escalada mayor.

Irán amenaza a los aliados regionales de Estados Unidos

La nueva ofensiva económica no llegó sin respuesta. Mohsen Rezaee, representante del líder supremo Mojtaba Khamenei en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional, advirtió que los países que colaboren con las restricciones impuestas por Washington serán considerados enemigos por Teherán. «Cualquier país que se convierta en socio en la creación de restricciones económicas contra nosotros será considerado por nosotros como un enemigo», afirmó el general iraní en declaraciones que generaron alarma en la región.

La advertencia apunta directamente a los aliados árabes de Estados Unidos en el golfo Pérsico. Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Arabia Saudita podrían quedar expuestos a represalias si Teherán decide responder atacando infraestructura o intereses estadounidenses en sus territorios. Estos gobiernos ya manifestaron su preocupación ante una posible escalada: para ellos, una nueva guerra abierta con Irán tendría consecuencias directas sobre su seguridad y sus economías, que dependen en gran medida de la estabilidad regional y del flujo del comercio marítimo.

Un escenario de alta tensión con los mercados energéticos en vilo

El tablero geopolítico que se configura alrededor del estrecho de Ormuz y la ofensiva económica de EEUU contra Irán presenta múltiples variables de riesgo. Por un lado, Washington busca utilizar su poder financiero para obligar a Teherán a retroceder sin necesidad de una intervención militar directa. Por otro, Irán amenaza con ampliar el conflicto si otros países se suman al aislamiento económico, lo que podría desestabilizar aún más una región ya convulsionada.

Los mercados energéticos globales siguen con atención cada movimiento de este enfrentamiento. El petróleo y el gas que transitan por Ormuz representan una fracción crítica del suministro mundial, y cualquier interrupción prolongada tiene efectos en cadena sobre las economías de todo el planeta. La apuesta de Trump por la presión financiera como herramienta principal abre una nueva fase en el conflicto, cuyo desenlace dependerá tanto de la resistencia del régimen iraní como de la disposición de terceros países a acatar las sanciones estadounidenses.